Corría el año 2008 cuando tomé una decisión clave en mi vida en ese momento: irme a trabajar a Bogotá. Hacía ya 3 años me había graduado de la universidad y llevaba trabajando unos 5 años en una empresa en mi ciudad natal Manizales.
Y bueno, todo se facilitó porqué llegué a vivir donde un compañero de la universidad, mi buen amigo Carlos quien vivía junto con su hermano Alex. Fue así entonces como en noviembre de 2008 inicié labores en la capital.
Poco a poco se va conociendo la ciudad, sus calles y carreras principales, vias y atajos. Sin pensarlo había llegado a una ciudad que tiene la distancia mas larga en kilómetros de ciclorrutas de Suramérica.
Luego de trabajar toda la semana, llegaba el fin de semana para descansar o disfrutar de los numerosos y variados planes que ofrece la capital. El plan "obligado" los domingos, como todo buen aficionado al deporte, era asistir a la ciclovía, que justo pasaba a unas pocas cuadras de mi lugar de residencia. Pero había una situación. No tenía bici en ese momento puesto que en el viaje a Bogotá no tenía planeado llevarla, por costos y por no "encartarme" con el envío, al menos no en un principio.
La ventaja de ser "multidisciplinario" (léase que me gustan varios deportes) me permitió adaptarme rápidamente, y aprovechaba las amplias calles de la ciclovía para hacer "running". El famoso mito de la altura, pues si, digamos que si afecta algo, pero uno se va adaptando a la altura y sobre todo, al clima, porque valga la aclaración, en Bogotá hace un frío "el berraco".
Y así fueron pasando los fines de semana. Hasta que un día, llegó una encomienda muy bien empacada. Oh sorpresa, cuando al desempacarla veo que es mi bici! Y no solo eso, sino que mi hermano la había "mandado" a pintar. La vi reluciente con ese azul rey, mi color favorito. Gracias familia! exclamé en ese momento de felicidad.
A partir de ese momento cambiaron los domingos para mi. Como a la llegada a Bogotá había comprado un mapa para conocer mejor la ciudad y había explorado como se distribuía la ciclovía a lo largo de la ciudad, ya tenía una idea de por donde transitar.
Fue asi como fui acumulando kilómetros y kilómetros de recorrido por la ciudad; y en ese andar se fueron gastando frenos, llantas, neumáticos... sufrí muchos "pinchazos", demasiados para mi gusto, pero eso daba cuenta de las rodadas dominicales.
Y bueno, ya después le va entrando a uno más la goma del ciclismo y se empieza uno a aperar del kit necesario: lo primero y más importante fue comprar el casco. Recuerdo que lo adquirí por $70 mil pesos, a un "pelao" que armaba su toldo, tanto de venta de artículos como taller de reparación, en la Séptima con 85. Marca Limar (italiana) aun lo conservo.
Después compré la camiseta y los guantes; estos los adquirí a un tipo que colgaba su mercancía cerca a un mirador en la subida al Alto de Patios. Por cierto ropa muy bonita y económica.
Finalmente, la protección para los ojos, y verse uno un poco mas "cool": las gafas deportivas. Don José, un tipo muy afable y cordial, ya entrado en años, también armaba su puesto de venta de gafas en la Séptima con 85, cerca a la salida para La Calera.
Cuando llegué a su puesto por primera vez, reconoció mi acento "extranjero" y desde allí me apodó "paisita". Si mal no recuerdo, durante mi estancia en Bogotá, le compré a Don Jose alrededor de 5 gafas diferentes, no por compulsividad, sino por necesidad: las gafas curiosamente se me quebraban en la pata derecha, cerca al punto de la cien. En un momento dudé de la calidad de los productos, y pues aunque no eran de marca, finalmente deduje que era la forma como las usaba junto con el casco.
Consejo: hay que usar las gafas de tal forma que la correa del casco quede por debajo de la pata de la gafa, con esto se evita que la correa presione la pata contra la cabeza y posiblemente se quiebre.
El ascenso al Alto de Patios, se puede considerar como el mas famoso en Bogotá; son cerca de 7 kilómetros "cuesta arriba", y los domingos se ven mas ciclistas que cualquier otra cosa.
La primera vez que realicé dicha subida tenía mucha expectativa; como no conocía que tan "dura" era, inicié el recorrido suavemente y disfrutando el paisaje, porque en ese ascenso se puede observar una gran parte de Bogotá y la vista realmente es agradable. Luego de unos kilómetros, pude alcanzar un grupo de unas 3 personas que iban subiendo a un ritmo similar al que yo llevaba, y bueno, aprovechando la situación me "pegué" atrás del grupo, como se dice "chupando rueda".
Y así, fui ascendiendo hasta llegar al Alto de Patios. Al llegar quedé sorprendido por la cantidad de ciclistas descansando, tomando algún refresco, comiendo fruta o simplemente contando historias; además de ver ciclistas de todas las edades, desde chicos hasta los más veteranos.
De ahí en adelante, dicho ascenso se convirtió en la tarea obligada de cada domingo. Ahora el reto era cronometrar el tiempo de la subida e intentar bajar los registros. Y fue muy divertido hacerlo, además que como meta personal era algo que daba satisfacción lograrlo. Al principio me tomaba unos 48 a 50 minutos, luego fui bajando a 45, creó que lo que más pude bajar fue a 42 minutos.
Y así fue como me la pasé "rodando" en bici por Bogotá.