sábado, 11 de abril de 2020

Subiendo el Alto de la Linea

Este post lo tenía pendiente de escribir hace bastante tiempo y como dice el dicho “a todo marrano le llega su diciembre”.

Uno de los puertos más míticos de Colombia es el Alto de la Línea; desde niño sentía curiosidad por conocer dicho puerto y no fue sino hasta que realicé, por cuestiones de trabajo, un viaje por tierra a la ciudad musical (es decir, Ibagué) donde pude conocer la ruta que conecta a Calarcá con Cajamarca.

Quedé sorprendido de ver la pronunciada pendiente de varios tramos en el ascenso y las cerradas curvas de herradura. Desde aquel día me dije que algún día escalaría ese puerto. Transcurría el mes de septiembre de 2016.

Y sorpresivamente, fue el año siguiente que me di cuenta que la Federación de Ciclismo del Quindío estaba programando el evento “Gran Cima Alto de la Linea” y, sin dudarlo, me inscribí “en el acto” (bueno para ser sincero me lo pensé unos días antes de tomar la decisión). Luego a buscar hotel y hacer la reserva respectiva, creo que faltaban unos cuatro meses para el evento.

Entre septiembre y octubre de 2017 inicié la preparación física y mental; rutinas en gimnasio, visualización mental, análisis técnico de la ruta (muy buen recurso es altimetriascolombia.blogspot.com), entrenamiento en carretera, revisión de videos en youtube del ascenso, etc. Agradezco a Daniel Londoño, compañero de colegio y que ahora trabaja como profesor de gimnasio en Confa, por sus consejos.

Y así se llegó el esperado día. Domingo 19 de noviembre de 2017. La salida programada a las 7:00 am en Calarca. Teníamos como tres o cuatro horas para subir y regresar pues ese era el tiempo permitido por la Policía de Carreteras en el cual la vía estaba cerrada para vehículos.

Ese domingo amaneció muy frio, llovió toda la noche. Y no pude dormir bien. En el hotel en Calarcá nos asignaron una habitación en el primer piso, cerca de la recepción; me pareció “fabuloso”; No se imaginan lo molesto que fué. Primero, durante toda la noche llegaron visitantes y turistas, la mayoría también iban a participar del evento. Segundo, el man de la recepción solicitando domicilios para los huéspedes: “hamburguesa sin cebolla y papas fritas”, “perro caliente con todo”. Para agravar el asunto escuchábamos "patentico" todo lo que ocurría afuera. Intentamos un cambio de habitación pero infortunadamente no fue posible. Aparte de eso, la ansiedad que no falta antes del evento también hizo que no pudiera dormir bien.

Ciclistas que calientan un poco antes de la partida


6 am. Ya estaba saliendo del hotel rumbo a la plaza principal del pueblo, como a cuatro cuadras. Caía una llovizna que hacía dudar del arranque del evento, sin embargo fue amainando un poco. Ví a un ciclista escurriéndose las medias pues estaba completamente empapado. Le pregunté de donde venía y me dijo -con voz temblorosa- "desde Circasia". Se chupó toda el agua el pobre.

Esperando la partida

Nos juntamos más de 300 ciclistas, tratando de calentar un poco el ambiente, unos con bici de ruta y  otros -como en mi caso- con bici de montaña. Se dió la partida con un poco de retraso y fuimos saliendo del pueblo por calles coloridas aunque mojadas. Inició el ascenso casi de inmediato, pues para quienes no conocen, al tomar la carretera prácticamente ya arranca la subida.

La selfie antes de salir

Empecé a escalar suavemente, bueno, en realidad toda la subida la hice con un ritmo que me permitiera sentirme cómodo y a la vez que estuviera dentro del tiempo límite del evento, pues ya sabía de antemano las rampas que se avecinaban.

Poco a poco fui subiendo, kilómetro a kilómetro hasta llegar al primer punto de hidratación; agüita, bocadillo, un corto descanso y a seguir dando biela.
Después del kilómetro diez empezaron las rampas más duras del 10% y 11%. Iba subiendo en compañía de otros ciclistas, hombres y mujeres, éstas por cierto muy "berraquitas".
Recuerdo que durante un tramo largo estuve junto a una chica que iba en una bici de ruta. "De donde eres?" -le pregunté-. "Vengo de Bogotá" -fue su respuesta-. 

En este tipo de eventos se encuentra uno con gente de una gran "calidad humorística". Muy arriba me pasan un par de ciclistas y le dice el uno al otro: "Como estoy?" -aludiendo a su capacidad física- y el otro le responde "muy lindo papi, lástima que yo ya esté casado". Por supuesto, eran amigos.

Cada vez más arriba el frío era mayor, más neblina y un poco de llovizna. Empezaron a llegar "chismes" de que la meta la habían recortado, es decir, de que ésta ya no era en la cima sino unos kilómetros antes. Al parecer hubo un derrumbe que obligó a las autoridades a proceder con el cambio de sitio de llegada.

"Falta mucho para llegar a Ibagué?", "ya vamos a llegar a Pasto?" decían otros escarabajos con un tinte jocoso. Y entre chanza y chiste se hizo entretenida la trepada.

Cuando empecé a ver ciclistas ya bajando, varios de ellos con propósito de "ayudar"y de dar ánimo a quienes aún no habiamos coronado, decían "ya van a llegar", "faltan 3 kilómetros", "faltan 2 kilómetros"... escuché varias veces lo mismo y nada que llegaba a la meta, al punto de creer que "estos manes están es cañando, jajajaja".
Me dió mucha risa cuando un pelao de unos 18 años, ya bajando, nos dice "allá dejamos un pionono pago". 

Segundo punto de hidratación; decidí no parar y más bien continuar pues me sentía bien e iba con buena provisión de comida -maní, bocadillo, barras de cereal y el "milagroso" gel energético-.

Llegué a un sitio donde había un camión repartiendo agua en bolsa y una gran agrupación de ciclistas, me dije "vengo bien y quiero continuar", entonces seguí de largo. Al rato me di cuenta que ya no subía nadie más, o mas bien subían muy pocos, menos que antes y me alcanzaron un par de ciclistas y les pregunté que si sabían que había pasado, me dijeron que el sitio donde estaba el camión con el agua era la meta y que mucha gente ya no iba a seguir subiendo.

Continúe con ellos unos metros más y al ver que en mi reloj ya se acercaba la "hora cero" empecé a bajar el ritmo. Para que me entiendan, la "hora cero" era el momento en el cual, según mis estimaciones, debería iniciar el descenso para lograr llegar a Calarcá antes de que dieran vía a los vehículos y tractocamiones que estaba detenidos. No quería, con la carretera tan mojada, encontrarme con carros y camiones.

Estimo que me faltaron unos 4 kilómetros para llegar a la cima. Con el "guayabo" de no poder llegar arriba pero con la satisfacción de llegar hasta donde llegué, cerca de 17 kilómetros de los 21 planteados, empecé a bajar.

No se imaginan el frio bajando;  si en condiciones normales voy despacio bajando, imagínense con el clima que estaba haciendo. Con las manos entumidas y tembloroso,  apenas si podía controlar el manubrio. "No me dejo congelar, no me dejo congelar" me repetía una y otra vez como cuando era niño y recién salía del baño, esa era la frase que mi mamá me decía para lograr algo de calor.

Finalmente ya en Calarcá se siente ese calorcito agradable aunque el día sigue nublado, creo que son cerca de las 11 am. Se siente una gran satisfacción el poder cumplir con estos retos. A reclamar el refrigerio, un delicioso sánduche con jugo de fruta que sabe a perlas.

Luego a buscar a mi madre en medio de la algarabía de la plaza -quien fue mi compañía en esta aventura- y a esperar las tradicionales rifas de accesorios.

Y bueno, así termina esta experiencia de vida de mi primer ascenso en bici a uno de los puertos más duros de mi bello país, que dicho sea de paso, fue un tributo que quise rendir a mi padre ya fallecido, once meses antes, y que de estar con vida seguramente me hubiera acompañado como en tantas otras ocasiones.